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 Julio I. González Montañés ©

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Restos del teatro romano de Braga. Área excavada y reconstrucción de la planta según Manuela Martins.

 

 

 

 

Restos del anfiteatro romano de Braga en un plano de André Ribeiro Soares da Sylva (Biblioteca da Ajuda ¿1756?)

 

 

 

 

Reconstrucción del foro, teatro y anfiteatro de Tongobriga según Charles Rocha

 

 

 

Lucerna romana con gladiador procedente del castro portugués de Monte Mozinho (Penafiel)

 

Los orígenes remotos

 

   El marco cronológico de este estudio viene impuesto por las fechas de los testimonios conservados (siglos XII-XVIII) y coincide en líneas generales, en su primera etapa, con una época en la que en la Europa románica se desarrollan los dramas litúrgicos en latín y aparecen las primeras manifestaciones de teatro vernáculo que darán lugar a los grandes Misterios del siglo XV y, en España, a los Autos del Corpus de los siglos XVI-XVII. Poco es lo que se puede decir de Galicia en épocas anteriores y, en todo caso, la mayoría de los estudiosos coinciden en afirmar que no existe solución de continuidad entre el teatro romano, que ya en decadencia, desaparece definitivamente con las invasiones bárbaras, y el medieval, un fenómeno enteramente nuevo que tiene sus raíces en la liturgia cristiana y solo en su vertiente juglaresca presenta puntos de contacto con la actividad de los mimi e histriones del teatro romano tardío.

   Del teatro prerromano en Galicia, si es que existió, casi nada sabemos: se ha querido ver un carácter dramático en ciertas danzas que según el testimonio de Estrabón practicaban los pueblos del noroeste peninsular en el momento en que Roma entró en contacto con ellos, pero las noticias del geógrafo greco-romano son demasiado imprecisas como para que se pueda afirmar nada concreto al respecto. Por dos veces menciona Estrabón en su Geografía las danzas de los galaicos. En su libro III, 3, 7 dice: mientras beben danzan en círculo al son de la flauta y la corneta saltando y arrodillándose (...) los hombres y las mujeres bailan juntos cogidos de las manos, y más adelante (4, 16) añade: veneran a un cierto Dios las noches de luna llena y toda la familia canta y baila durante toda la noche delante de su casa. Las citas nos presentan danzas con saltos cayendo de rodillas, muy frecuentes en el folklore peninsular, no sólo en el gallego, y pruebas de la existencia de danzas religiosas, pero me parece aventurado deducir de ellas la existencia de elementos dramáticos, aunque para Bonilla y San Martín serían testimonio de una actividad dramático-teatral en la Península anterior a la llegada de los romanos y en Galicia ha habido quien, como Manuel Lugrís, llegó a afirmar la existencia de un teatro celta, anterior al griego y al romano.

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 En lo que se refiere al teatro romano, no tenemos muchas evidencias de que fuera conocido en la Gallaecia. Ni en los límites de la Galicia administrativa actual, ni en los de la antigua provincia romana, mucho más extensos como se sabe, había aparecido hasta finales del siglo XX el menor resto de construcciones teatrales, y resultaba extraño que ciudades de cierta importancia como Lugo, Braga o Astorga no contaran con un teatro, cuando en otras zonas del Imperio romano en ciudades más pequeñas los había [2].

 Sin embargo, en 1999 se descubrieron en Braga los restos de un gran teatro romano de principios del siglo II que se excavó parcialmente en 2004-2006 (véanse fotos), el cual tenía una cavea de casi 70 mts. de diámetro y una capacidad aproximada de 4.000-4.500 espectadores. También se ha supuesto, basándose en indicios documentales y arqueológicos, que debió de haber existido un teatro romano bajo la actual Plaza Mayor de Lugo, y prueba del conocimiento del teatro en Lucus Augusti es el hecho de haberse encontrado en las excavaciones de la ciudad cuatro máscaras teatrales romanas de terracota (véase foto). Además, a finales del siglo XVII el canónigo de la catedral Juan Pallares y Gayoso describió en su Argos Divina lo que podrían ser los restos del teatro romano lucense:

 En la plaza Mayor, que llaman de las Cortiñas de San Roman, ai un promontorio de guijarros hermanados con argamasa, y de la misma fortaleza, que los de la fuente del castiñeiro, y Baño; muchos se persuaden, fue artificio de los Romanos, para cerrar la entrada de las minas, y abrirla quando importase (...). Llegarase a creer es ruina, y vestigio de Amphiteatro, si en las Ciudades mas nobles de España los huvo de guijas, y fuerte argamasa de arena, y en cerco con sus asientos, o Teatro de piedra. Pero por corto su circuito no lo juzgo planta de Amphiteatro, según las estampas de los que usaron los Romanos. (Argos Divina..., Imprenta de Benito Antonio Frayz, Santiago de Compostela, 1700, pp. 19 ss.)

 Recientemente, las excavaciones llevadas a cabo en la parte alta de la plaza han confirmado la existencia en el lugar de cimentaciones de un edificio romano que tenía sótano, lo que concuerda con las minas mencionadas por Pallares Gayoso en su libro, y en la actualidad muchos especialistas no dudan de que efectivamente existió en el lugar un teatro romano [1], a diferencia del supuesto anfiteatro del barrio del Carmen lucense, puesto en duda por la mayor parte de los arqueólogos como en el caso del también supuesto anfiteatro de Astorga [3].

Otros posibles teatros romanos de los que se conservan restos en la Gallaecia son el de Astorga (señalado por Carlos Sanchez Montaña, pero no excavado, cf. Foto) y el de Tongobriga (Freixo, Marco de Canaveses, distrito de Porto), identificado por Lino Augusto Dias Tavares en 1989 a partir de la topografía del terreno, fotogrametría y algunas catas posteriores, y datado probablemente a finales del siglo I d. C. o principios del II, lo mismo que el circo o hipódromo de la localidad, un asentamiento castreño-romano que probablemente tenía también un anfiteatro que, como el teatro, no ha sido excavado.

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 En los textos latinos, la única referencia concreta en la Gallaecia al teatro romano, tardía e indirecta, la encontramos en la Historiae adversus paganos de Paulo Orosio (ca. 417, esp. libro IV, cap. 21), en la que se condenan las representaciones teatrales y los juegos públicos y se les culpa de la decadencia de la civilización romana.

"En esta misma época [154 a. C.] los censores decretaron la construcción de un teatro de piedra en Roma; pero impidió que se hiciera un durísimo discurso de Escipión Nasica, quien dijo que este proyecto, muy perjudicial para un pueblo guerrero, serviría para alimentar la desidia y la lascivia; y hasta tal punto convenció al senado, que éste no sólo mandó que se vendiera todo lo que se había comprado para el teatro, sino que incluso prohibió que se pusieran bancos en los juegos. Por ello, que se den cuenta ahora nuestros contemporáneos —para los cuales es un infortunio cualquier cosa que les ocurre al margen de los placeres de sus apetitos— de que, si ellos se sienten y se confiesan inferiores a sus enemigos, ello se debe achacar a los teatros, no a los tiempos; y de que no hay que blasfemar contra el Dios verdadero, que todavía hoy prohíbe estas diversiones teatrales".

Orosio, natural de la zona de Braga, conocía pues el teatro romano aunque eso no indica necesariamente que se practicase en su región natal, ya que sabemos de la formación de Paulo en el norte de África (Hipona) con San Agustín y allí sí son abundantes los restos de teatros. Hay que tener en cuenta también que la condena del teatro y su consideración de culpable de la decadencia moral del mundo romano es un tópico entre los Padres de la Iglesia desde Tertuliano, y probablemente Paulo Orosio simplemente se esté haciendo eco de él, si bien los descubrimientos arqueológicos más recientes confirman la existencia de teatros romanos en varias ciudades de la Gallaecia y, por tanto, también la familiaridad de los galaicos con las representaciones teatrales.

   Con todo, no hay que pensar que condenas como la de Orosio y sus contemporáneos cristianos fueran las causantes de la desaparición del teatro antiguo cuya decadencia había comenzado ya en el siglo I, mucho antes de que el cristianismo fuese la religión oficial del imperio. El gran teatro romano de tradición griega había ido poco a poco decayendo en el favor del público, cada vez más orientado hacia espectáculos cómicos y fáciles a cargo de mimos, músicos e histriones, y en la Gallaecia hay indicios de que los edificios teatrales estaban abandonados ya en el siglo IV. Este teatro cómico de los mimi, a menudo obsceno y procaz, es el que condenan los Padres de la Iglesia y es un espectáculo que, por su propia naturaleza, no requiere grandes recursos escenográficos, pudiendo desarrollarse en cualquier foro o calle sin necesidad de contar con edificios específicos.

   Es posible que en Galicia, zona de baja intensidad de romanización, no haya sido tan popular como en otras regiones el teatro de tradición griega, pero creo que de algunas noticias indirectas se puede deducir que en la etapa final del Imperio no era desconocido el espectáculo callejero de los mimi, antecedentes sin duda de los juglares medievales. Gregorio de Tours, denomina mimus regis al joven juglar que el rey suevo Miro tenía a finales del siglo VI, qui ei per verba joculatoria laetitiam erat solitus excitare, y cuando San Valerio del Bierzo en el siglo VII reprende al presbítero Justo, que hacía del culto de su iglesia un espectáculo sacro-profano empleando técnicas juglarescas para atraer al público (perversas poesías y nefandas cantilenas), está pensando en lo que él mismo describe como el vértigo obsceno y lujurioso del teatro, moviendo en todos los sentidos los brazos en círculo..., prueba de que los gallegos de la tardo romanidad y la primera Edad Media veían a los juglares como los sucesores de los mimos romanos. Es probable que el juglar de Miro, como los mimi romanos, fuese un simple bufón, y no alguien diestro en las artes literarias, ya que así parece indicarlo el tono que emplea el de Tours al relatarnos el castigo divino que sufrió el mimus por haberse atrevido a coger uvas, sin el menor respeto, de la parra del atrio de la iglesia ourensana de San Martín.

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[1] No todos los especialistas están, sin embargo, de acuerdo. Francisco Hervés Raigoso, por ejemplo, señala que la Plaza Mayor lucense no es un emplazamiento adecuado por la falta de desnivel y la dureza del terreno, aunque sí cree que Lugo tuvo un teatro en la época romana en otro lugar no identificado, quizá en una de las viae que entraban en la ciudad.

[2] Eran conocidas desde hace tiempo algunas referencias de los siglos XVII-XIX, e inscripciones romanas de la Gallaecia (Chaves, zona de A Limia...) en las que se hace alusión a anfiteatros y gladiadores, pero se dudaba de la fiabilidad de los testimonios literarios o se pensaba, en el caso de las inscripciones, que los ludi y munus gladiatorum en ellas mencionados podrían haber tenido lugar en recintos ambulantes de madera como los que sabemos que recorrían las ciudades menores del Imperio. Hay también en el área noroeste de la Península algunas representaciones de máscaras teatrales en la cerámica, y de gladiadores y cuadrigas  (cf. Fotos). En el caso de las lucernas parece que la mayoría de los ejemplares, si no todos, son piezas de importación, pero las máscaras teatrales que aparecen en los vasos de paredes finas denominados "de caras", son ejemplos de cerámica autóctona producida en el alfar zamorano de Melgar de Tera a finales del siglo I y principios del II, aunque sus modelos responden a un tipología difundida por el ejército romano y extendida por buena parte del Imperio.

 [3] Los emplazamientos de los supuestos anfiteatros romanos de Lugo y Astorga, situados ambos extramuros, fueron señalados, a partir de fotografías aéreas y de satélite, por el arquitecto y arqueógrafo Carlos Sánchez-Montaña, pero las catas realizadas por arqueólogos profesionales en el de Lugo en 2018 y 2020-21, descartan, según los que las realizaron, su existencia. Diferente es el caso del anfiteatro de Braga, también extramuros y soterrado bajo construcciones modernas: de él hay referencias bastante precisas en las obras de escritores bracarenses como Rodrigo da Cunha (1634) o Jerónimo Contador de Argote (1728 y 1732-34), se conserva un plano de mediados del siglo XVIII en el que se aprecia su planta (cf. Foto), todavía a mediados del siglo XIX podían verse sus restos (los menciona J. J. da Silva Pereira Caldas en 1852), y su existencia parece confirmarla el análisis de las fotografías aéreas de la zona tomadas en 1964, antes de la urbanización del área (cf. MORAIS, Rui Manuel Lopes, “Breve ensaio sobre o anfiteatro de Bracara Augusta : Análise de fotogramas de 1964”, en: Forum, Universidade do Minho, nº 30 (2001), pp. 55-76). 

 

 

Tessera gladiatoria del siglo I procedente de Ilipula (=Niebla, Huelva), dedicada por un tal Celer, organizador de juegos de gladiadores y natural de la comarca gallega de A Limia, al gladiador Borea, nacido en Baedunia (=La Bañeza, León).  

Museo Arqueológico Nacional (Madrid).

 

 Texto: CELER ERBVTI F(ilius) LIMICVS /
BOREA CANTI(¿filius?)BEDONIE(n)SI /
MVNERIS TES(s)ERA(m) DEDIT /
AN(n)O M(arco) LICINIO CO(n)S(ule)

 

Máscaras teatrales romanas del Museo de Lugo

 

 

 

Alzado y emplazamiento hipotéticos del teatro romano de Lugo en la Plaza Mayor.

 (fotos Sánchez Montaña: El Tablero de Piedra).

 

 Supuesto emplazamiento extramuros del anfiteatro romano de Lugo, frente a la iglesia del Carmen y la Porta Miñá, y reconstrucción hipotética de su estructura con gradas de madera, como en el excavado de León, ambos del tipo denominado anfiteatro militar.

(fotos Sánchez Montaña: El Tablero de Piedra).

 

 

 

 

Supuestos emplazamientos del Anfiteatro y el Teatro romanos de Astorga según Sánchez Montaña.

 

 

 

Fragmento de un vaso con escena de gladiadores procedente del castro de Santomé (Ourense). Terra sigillata sudgálica del siglo I.

 

 

 

Vaso con cara ¿máscara teatral? procedente de las Termas Menores de Asturica Augusta

(Museo Romano de Astorga)

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